lunes, 6 de mayo de 2013

Porque las buenas historias nunca empiezan hibernando.




6 de Mayo de 2013. Nada especial. Seis, verde. Mayo, rojo. 2013, azul y blanco. No ha pasado nada especial hoy, ni ayer, ni el día anterior. Probablemente no me acuerde de ninguno de estos días en una semana, un mes o en 10 años. Como tampoco me acuerdo del día exacto en el que aprendí a andar en bici, o el día exacto en el que aprendí a atarme los cordones... o aprendí a jugar al ajedrez. Tampoco me acuerdo de las veces que me caí de la bici aprendiendo, no me acuerdo de cuantas veces intenté atarme los cordones  hasta que pude hacer ese nudo perfecto en el asa de la nevera de mi casa... y tampoco me acuerdo de cuantas veces perdí jugando al ajedrez contra mi hermano. Pero ahora me acuerdo de que aprendí. Me doy cuenta de que todos esos desafíos, por muy pequeño que seas, te enseñan la misma cosa: todo se aprende, todo requiere de tu esfuerzo, pocas son las cosas que no tienen solución, NADA es fácil...pero, cuando llegas a la cima de la montaña, entonces te ríes de tus tropiezos con las piedras del camino. Y no puede haber sonrisa más reconfortante que esa, al menos para mí.
Y eso es lo que pasó este año. Como vengo haciendo todos los años desde el 15 de Agosto de un año perdido en los 80, me tropecé con una piedra. Pero esta vez mi montaña era tamaño...EVEREST. Estaba tapada de nieve. Yo no tenía ropa de abrigo. Y para que mentir, tampoco tenía ganas de escalar. Si por mí hubiera sido, me habría hecho un iglú en la falda de esa montaña y me habría quedado ahí hasta que el viento y la erosión hubieran hecho de ella una pequeña colina. En otras ocasiones, mi "pepito grillo" me habría dado ánimos para escalarla. Esta vez, hasta esa vocecita que nunca se calla en nosotros, estaba también cansada. Las dos teníamos ganas de jugar a otra cosa... a hibernar, por ejemplo. Y lo hicimos por un rato. Un par de meses. Hacía frío, ella me dejó de hablar y, aunque me quedé casi todas mis noches en vela esperando escuchar sus respuestas y sus propuestas para escalar la montaña, no me volvió a hablar hasta hace un tiempito atrás. 
Suerte que encontré un escalador. Un escalador profesional. Suerte que este escalador estaba acostumbrado a enseñar a escalar montañas, a esquivar piedras en el camino y a proveerte con las herramientas necesarias para hacerlo. Es más, fue el único que pudo sacarle la timidez a esa vocecita que calló durante tanto tiempo. Llegar a la cima no fue fácil. No, no. Hubo muchos días de nevasca. Pero también hubo muchos días de sol. Y compañeros de viaje. Sí, sí... ¡los mejores! De esos que cuando tenía ganas de sentarme en la nieve y dejar que me encontraran los osos, me recordaban que siempre podía ser peor, que me podría encontrar el Yeti. De esos compañeros de viaje que cuando te ven distraída  y saben que no estas pensando en nada que pueda ayudarte a escalar te sorprenden con una bola de nieve en la cara. Y te ríes. Y sigues montaña arriba. Y un día notas como el sol está más fuerte, y que ya no tienes que hacer tanto esfuerzo para caminar... y que el escalador y tus fieles compañeros de viaje se han parado y te miran sonrientes. Y te das cuenta de que estás en la cima. Y que ahora lo difícil ya está del otro lado,  y que puedes rodar montaña abajo porque ahí no hay nieve, ni piedras, ni mal tiempo. Pero esa vocecita que jugó al escondite por todo este tiempo aparece de nuevo y te recuerda que es el Everest. Que por muy contenta que estés por haber escalado la parte difícil, no hay porqué saltar al otro lado. Hay que disfrutar de la cima. Hay que volver a hablar un ratito con esa vocecita y dejarla que te explique como tantas veces hizo antes. Y clavar la bandera de la victoria. Y alegrarse de que al otro lado de la montaña te esperan todas esas cosas por las que en un momento decidiste dejar ese iglú y aventurarte montaña arriba. Porque ahora, a esta escaladora, le esperan más montañas, unas más grandes que otras... unas más difíciles que otras. Pero para mí, yo ya escalé mi propio Everest y por ahora se que puedo rodar tranquilamente colina abajo. Y que si encuentro otra montaña también estarán esperándome mis compañeros de viaje. Y, tal vez, no tenga que llamar a ningún escalador, porque mi vocecita me prometió no callarse nunca más.

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Probablemente esto no tenga sentido para muchos de los que lo lean. Probablemente algunos otros saben exactamente de lo que hablo. De todas maneras, solo quería decirles a todas las personas que lean esto que prometo que las vistas desde este lado de la montaña son mejores. No os puedo prometer que van a durar para siempre sin que las tape otra montaña, pero sí os puedo prometer que si alguna vez no tenéis ganas de salir del iglú y escalar la montaña porque es más fácil hibernar, yo seré una de las compañeras de viaje que te recuerde de la existencia del Yeti y empiece la pelea de bolas de nieve. 

Escalen, disfruten y rueden montaña abajo.

PD.
           A todos mis compañeros en esta difícil escalada: GRACIAS.



PD2.

      A todos los de Argentina, ¡llego el 21! - A todos los de España,  ¡no se cuando llego pero antes del 27 de Julio estoy allí!